Los próximos 25 años en el movimiento evangélico argentino
VISION HACIA EL FUTURO
Siempre que pensamos en el futuro, especialmente en el futuro inmediato, lo hacemos desde el presente. Esto significa que si nuestro interrogante levanta la cuestión de cuál será el camino que recorreremos en los próximos años, necesariamente nuestra pregunta debe surgir, primero, de la realidad que vivimos hoy. En otras palabras, el futuro que nos espera será más o menos parecido al presente que hoy tenemos. La realidad nos podrá parecer mejor o peor, pero no será significativamente diferente de lo que ya conocemos bien.
En realidad, si vamos a ver y experimentar algún cambio positivo en el movimiento evangélico argentino, esto dependerá de la manera en que comencemos a actuar hoy. En este sentido, lo que ocurra con el testimonio evangélico argentino está ligado totalmente a nuestra fidelidad al cumplimiento de la misión que el Señor nos ha encomendado.
A su vez, nuestro compromiso presente con el reino de Dios no carece de un modelo a seguir. En otras palabras, se supone que la realidad del testimonio evangélico presente debe darse en imitación de la vida y el testimonio de Jesús, sus discípulos y los primeros cristianos.
Al considerar, pues, la realidad de que todos nosotros, como hijos e hijas de Dios involucrados en un ministerio de comunicación del evangelio, somos protagonistas en este proceso y que en la ciudad somos todos misioneros, quiero invitarles a levantar nuestros ojos y enfocar nuestra visión en una vista panorámica de la realidad, pasada y presente, con miras a imaginar el camino a recorrer en los próximos 25 años. Al levantar los ojos y mirar los campos, hay tres cosas que descubrimos son necesarias y debemos tomar en cuenta si es que queremos levantar una gran cosecha para el reino de Dios en el futuro inmediato: el poder de la comunicación de la verdad, el poder del amor fraternal y el poder de la unidad en la misión.
El poder de la comunicación de la verdad
Jesús invirtió alrededor de tres años ministrando en esta tierra. Anduvo por todas partes predicando el reino de Dios a las multitudes, enseñando a la gente quién era él y demostrando su deidad mediante las obras milagrosas que hacía (Jn. 20.30-31). Pero el Señor también invirtió mucho de su tiempo con doce hombres, que él escogió cuidadosamente y luego entrenó, no en un contexto educacional formal, sino en una situación de aprendizaje de campo y experiencial. Estos discípulos se asociaron con él en su ministerio, y le vieron demostrar con su propio ejemplo cómo llevar a cabo la obra de Dios. En su momento, Jesús los envió por su cuenta y luego los ayudó cuidadosamente a aprender de sus éxitos y fracasos.
Al final de estos tres años, Jesús básicamente había alcanzado dos metas mayores en términos de estrategia: había saturado las mentes de las multitudes con sus enseñanzas, y había preparado a un pequeño grupo de hombres y mujeres en profundidad para entrar en sus labores y hacer la cosecha que estaba pendiente (Jn. 4.35-38). Después de su muerte y resurrección, les dio a sus seguidores una gran comisión evangelizadora —“Hagan discípulos”. ¡Y ellos lo hicieron! Inmediatamente se pusieron a edificar sobre los fundamentos que Jesús había puesto.
Como resultado de todo esto, comenzó a darse un nuevo fenómeno, algo que no había existido mientras Cristo estuvo sobre la tierra. Comenzó en Jerusalén después de la ascensión de Cristo y luego se esparció por todo el mundo del Nuevo Testamento. Dondequiera que los creyentes hacían discípulos, comenzaron a aparecer iglesias locales en cada ciudad. Personas que vivían en diversas comunidades y culturas se reunían para establecer nuevas relaciones. Se transformaron en hermanos y hermanas en Cristo, miembros de la familia de Dios. Así se estableció una nueva fuerza, una nueva comunidad en cada ciudad. Cada iglesia local fue una nueva sociedad humana en medio de la ciudad en la que los creyentes vivían, trabajaban y cumplían con otros aspectos de la vida cotidiana. Y a medida que eran enseñados y edificados, pronto descubrieron que tenían dos responsabilidades básicas: una “hacia el mundo” y la otra “los unos hacia los otros”.
El poder del amor fraternal
Las epístolas contienen pocas instrucciones en cuanto a una evangelización directa de tipo itinerante. El énfasis está en la responsabilidad de la comunidad como un todo. El énfasis sobre la presentación verbal del evangelio está subordinado al desarrollo de relaciones dinámicas dentro de la iglesia y el mantenimiento de una relación amorosa y ejemplar con los que están en el mundo. Las oportunidades de presentar el evangelio verbalmente debían surgir naturalmente de la saturación que estaba ocurriendo en la ciudad como resultado del amor e interés por todas las personas. El estilo de vida de los cristianos era tan diferente y radical, que los incrédulos no podían dejar de notarlo y preguntar qué era lo que los hacía tan diferentes.
Sobre todo, el amor que existía en cada grupo local de creyentes debía ser tan impactante que los incrédulos notaran, primero, que ellos eran discípulos de Jesucristo, y luego, se convencerían de que Jesús era verdaderamente quien decía que era (Jn. 13.34-35). Noten el objetivo de esta orden de Jesús. La evangelización de la ciudad debía ser precedida por un ejemplo colectivo de amor entre los creyentes. Este amor era la prueba de que había cristianos en una ciudad, porque ninguna otra secta o religión podía producir un amor tan evidente. Sin la existencia de este amor en la familia de Dios, la conquista de la ciudad para el reino es imposible. Y ni hay futuro para el testimonio cristiano.
El poder de la unidad en la misión
La unidad es un reflejo o manifestación del amor en la comunidad de fe en la ciudad. Francis Schaeffer llama a la unidad cristiana “la apologética final”. La unidad es el argumento definitivo e irrebatible a favor del evangelio. Jesús habló de esto en Juan 17.21, 23, mientras oraba por sus discípulos. Aquí Jesús habla de los resultados del amor, esto es, unidad y unicidad. Al ver amor, los no cristianos podrán conocer y entender que los creyentes son cristianos, seguidores de Jesucristo. Pero al observar su unidad y unicidad ellos se convencerán de quién es Cristo realmente, que él vino de Dios, y que él es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador del mundo.
Pablo Deiros
Pastor, escritor e historiador. Rector del Seminario Internacional Teológico Bautista de Buenos Aires. Especial para El Puente
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