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Mujeres, hacedoras de la sociedad
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| Mujeres, hacedoras de la sociedad |
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Un tango decía que veinte años no es nada. Tal vez… ¡Pero veinticinco! Representaron trescientas oportunidades de acercarnos, relacionarnos, alimentarnos entre nosotras. Hoy más que nunca debemos levantar el estandarte del compromiso con nuestra fe. Hoy más que nunca debemos continuar el trabajo por una sociedad defensora de la ética, la rectitud y la honradez. Hoy más que nunca debemos ser la boca, los brazos y los pies de Dios para extender su mensaje de salvación a los hombres que no disfrutan de semejante beneficio gratuito.
Como mujeres, tenemos capacidad de influenciar, contagiar, empapar a toda la sociedad, incluido nuestro hogar. La fuerza social de la mujer es imparable e incomparable. Mujeres de influencia, hacedoras de una sociedad más ética y solidaria.
Ocho pasos para las mujeres hacedoras de influencia
Veamos ocho sugerencias para alcanzar un objetivo tan ambicioso. El listado queda abierto para agregar todos los pasos que nos parezcan oportunos.
Primer paso: Mejorémonos a nosotras mismas
La pregunta disparadora de este primer paso sería: “Y por casa… ¿cómo andamos?” El cambio, la mejora social empieza por una. Goethe, filósofo, escritor y educador alemán decía: “Si cada uno barriese la puerta de su casa, toda la ciudad estaría limpia”. Y Jesús, mucho antes, afirmaba que nos es más sencillo ver el defecto en el otro que en nosotros mismos (vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio). Cuenta una historia que una mujer, bastante criticona ella, se dedicaba a mirar por la ventana de su casa cómo su vecina tendía la ropa lavada. Un día recibió en su hogar a una amiga, a quien le compartió sus experiencias vecinales. “Mirá, mirá qué sucia tiende la ropa mi vecina. Antes lavaba mejor, pero conforme a cada día que pasa, parece que empeorara el lavado. ¡Qué desastre de ama de casa!”
Su amiga observó detenidamente a la vecina en su actividad hogareña, luego clavó su mirada en el rostro de su interlocutora y finalmente exclamó, escondiendo una sonrisa irónica: “La ropa de tu vecina está perfectamente limpia. Los que están realmente mugrientos son tus anteojos”.
Segundo paso: Enojémonos con el problema. Amemos a la persona.
¿Se fijó en qué rápido nos enojamos, perdemos la paciencia, elevamos la voz? Proverbios 15.1 (“La blanda respuesta…”) queda guardadito en un cajón. En la calle, los conatos de agresión se suceden con muchísima mayor periodicidad que la esperable. Lo terriblemente triste es que en casa también sucede. Los problemas nos llevan a perder el control para con el otro. ¿Por qué no intentamos transitar un camino distinto? Seguramente nos molestan algunas conductas, algunas actitudes, pero amamos a la persona, y no quisiéramos perderla. Entonces no ataquemos a la persona, pues la persona es mucho más que esa conducta. Es infinitamente más. Por eso la amamos. Recuerde: el problema es el problema. El problema no es la persona. No ataque a la persona. Converse con ella para solucionar el problema.
Tercer paso: Destaquemos las virtudes que hay en el otro.
Con qué facilidad se destacan los defectos, con qué rapidez los resaltamos, pero cómo nos cuesta evidenciar las virtudes… Esta propuesta no involucra adular al otro por virtudes inexistentes, sino alabarlo por las virtudes que sí tiene. Difícilmente lo hacemos. Sin embargo, los seres humanos nos nutrimos con estas expresiones. Destaquemos las cosas que nuestros cercanos hacen bien.
Cuarto paso: Reconozcamos los tesoros escondidos que todo hombre tiene.
No hablo de las virtudes visibles. Hablo de las potencialidades que todos tenemos. Cada uno puede llegar a ser mejor de lo que es, porque Cristo comenzó en nosotros la buena obra. Cuentan que Miguel Ángel esculpió “La Piedad” en un trozo de mármol roto, rajado y desechado en alguna calle de Italia. Cuántas personas habrán pasado por al lado de ese mármol sin ver otra cosa que basura. Miguel Ángel vio la escultura en el corazón del mármol. La esculpió golpe de cincel a golpe de cincel, hasta lograr la obra de arte. Creo que así nos ve Dios a nosotros. No como somos sino como podemos llegar a ser por los méritos de Cristo. Y nos esculpe con golpes de cincel, que a veces nos duelen y quisiéramos evitar. Pero si se evitaran no llegaríamos a mostrar esos tesoros que tenemos escondidos. Reconozcámoslos.
Las urgencias nos fagocitan, y en muchas ocasiones nos convertimos en “bomberos involuntarios” dedicados a apagar los fuegos de la vida. Pasamos una gran proporción de nuestro tiempo atendiendo las urgencias y olvidando lo importante en el camino. No digo que muchas veces lo urgente no se imponga. Pero cuando ésa es la forma de actuar de todos los días y en todo momento… estamos en problemas. Dediquemos tiempo a atender lo importante.
Sexto paso: Si un comentario no edifica, callémoslo.
Escuché en una oportunidad que la lengua es el único músculo que está sostenido por un solo lado. Por eso se mueve tanto.Usemos la lengua para bendecir y no para maldecir. Los cristianos creemos que bendecimos con un “Que Dios te bendiga”, y por supuesto es cierto. Sin embargo, bendecir significa decir bien, es decir que bendecimos cada vez que le hablamos bien al otro. Y maldecir significa “decir mal”, es decir que maldecimos al otro cuando le hablamos mal. ¿Será por eso que Dios nos dice: “Manzana de oro con incrustaciones de plata es la palabra dicha como conviene (en el momento oportuno), en Proverbios 25.13? Si lo que estamos a punto de decir no beneficia a nadie, y por el contario, hiere, callémonos la boca.
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