Domingo, 05 de Septiembre, 2010
   
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El testimonio de vida transcultural de una joven taiwanesa

En realidad, desde que llegué a la Iglesia Rey de Reyes he experimentado un gran cambio en mi vida. Desde entonces tengo un deseo enorme de que los hermanos de la iglesia asiática de donde vengo, también tengan lo que encontré; pero sé que esto no lo hacen las personas, sino Dios.

Así que en este camino Dios me fue moldeando, y aún hoy me sigue enseñando más y más sobre la relación de Padre e hijo, y de la importancia de conocer la persona del Espíritu Santo. Y continúa siendo mi anhelo el de seguir creciendo y conocer más de lo que hay para mi vida, y concretamente lo referido a mi llamado y propósito.

La verdad es que nunca había sentido esa motivación de predicarles a los orientales, porque mi pensamiento era que los de la iglesia china debían hacerlo, ya que ellos dominan perfectamente el idioma. Sin embargo, creo que aún hay un problema existencial: no hay motivación de su parte. Sólo Dios puede abrirnos los ojos y hacernos sentir el dulce palpita del corazón de Jesús.

Sentía en lo profundo de mi ser la necesidad de que las iglesias orientales se levantasen, fueran equipadas y ayudadas por el resto del Cuerpo de Cristo; que hubiera verdadera unidad, que dejaran la religiosidad y empezaran a vivir en el poder de Dios, a ser llevados por el Espíritu, y a que sus ojos fueran abiertos de una vez.

Yo era bastante terca en cuanto a los chinos, por el tema de la cultura y la política entre chinos y taiwaneses. Sin embargo, Dios me enseñó que su amor no era sólo para mí, o los taiwaneses, sino para todos, incluido a los chinos. Pero que por una cuestión de inmadurez personal no lo podía ver.

Ahora pudo entender que hay una razón por la cual la Argentina se está poblando de tantos chinos. Y no es sólo porque quieren “hacer plata” (aunque su visión sea esa), sino que estando aquí ellos tienen (es el plan de Dios) la posibilidad de escuchar el evangelio y responder a él con total libertad y sin miedo, como lamentablemente pasa en China. Dios permitió esto porque ellos pueden ser a su vez herramientas poderosas en su propio país, en sus familias, entre sus compatriotas, etc.

Nunca me animé a predicarles, por el simple hecho de sentir vergüenza y temor. Mi chino no es para nada fluido, ¡a veces ni yo me entiendo cuando hablo! Se supone que por ser taiwanesa debería hablar correctamente el idioma, pero no es así. Sé que no es algo que no se pueda solucionar, el idioma no es una barrera. Sólo es aceptar el reto y desafiarse a luchar por lo que Dios pone en el corazón, más allá de lo vergonzoso que sea. Eso me lo demostró el Señor mediante el testimonio de sus siervos asiáticos en la Argentina.

Realmente éste es un nuevo tiempo para mí, donde mi mayor anhelo es hacer lo agradable a sus ojos. Mi deseo es descubrir ese llamado y, mientras sirvo, Dios endereza más y más mi camino hacia ese propósito. Espero en este año seguir hacia la meta, y sé que voy por buen camino…

Por Emi Liu

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